Vejez y locura en la Vida y obra de Gabo

Considerado el escritor más talentoso de la lengua española, García Márquez vive en México, al margen de todo resplandor mediático. Esta semana esa discreción en torno a su vida se diluyó en medio de una ola de rumores provocada por uno de sus hermanos, quien afirmó que sufría demencia senil. Lo cierto es que la locura y la decrepitud no son temas nuevos para el escritor de Cien años de soledad. A 30 años de haber conquistado el Nobel de Literatura, la salud de Gabo preocupa ahora a sus millones de lectores.

Gabriel garcía Márquez, escritor colombiano.

Para mitigar la pérdida de memoria provocada por la peste, José Arcadio Buendía empezó a marcar todos los objetos a su alcance con su nombre y finalidad. De este modo prolongó la solución temporal que su hijo Aureliano había ideado para nombrar las cosas de su laboratorio, luego de que la peste llegó a Macondo. Pero esta fórmula estaría destinada al fracaso cuando todos los hombres del pueblo empiecen a olvidar cómo leer.

José Arcadio Buendía emprendió la construcción de una máquina de la memoria. Ya había elaborado catorce mil fichas para repasar las nociones más elementales de sobrevivencia, cuando encontró a un viejo conocido en la sala de su casa. Allí, Melquíades, el gitano que volvió de la muerte, le dio de beber un brebaje que logró que José Arcadio Buendía recupere la memoria al instante.

Muchos años después, la realidad de García Márquez parece inspirarse en las ficciones que magistralmente construyó. Las confesiones de su hermano Jaime indicarían que ahora a Gabo, con 85 años a cuestas, es víctima de la decrepitud y la demencia. Estos temas fueron recurrentes en sus obras, con distintos matices. En Cien años de soledad, Gabo mató al viejo patriarca José Arcadio Buendía amarrado de la cintura a un árbol de castaño, mientras hablaba en latín entre delirios de locura y apariciones del fantasma de Prudencio Aguilar, asesinado por él mismo. Úrsula Iguarán, su esposa, muere a los 120 años, ciega y con demencia senil. Su segundo hijo, el coronel Aureliano Buendía, también muere de viejo, en la soledad, sin memoria y comprobando que a lo largo de su vida no pudo amar.

A García Márquez lo criaron sus abuelos maternos, el coronel Nicolás Márquez y Tranquilina Iguarán, en el pequeño pueblo bananero de Aracataca. Don Nicolás, veterano de la guerra de los mil días, le regaló su primer diccionario y lo llenó de historias que después sirvieron para la creación de los personajes de sus obras La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba y Cien años de soledad. La misma inspiración generó su abuela, una mujer popular, imaginativa y supersticiosa.

Una mirada completamente distinta sobre la vejez tiene en Memoria de mis putas tristes, su última novela. Gabo la publicó a los 77 años, quizás describiendo algunas de las sensaciones que experimentaba y sus esperanzas de rejuvenecimiento en el futuro.

El año de su nonagésimo cumpleaños, un periodista sin mujer ni fortuna buscó a una vieja proxeneta para regalarse una noche de placer con una virgen adolescente. Lejos de acostarse con ella, “Mustio Collado”, como lo apodaron sus alumnos, se quedó contemplando a la muchacha de catorce años durante la primera noche. Comprendió lo que le era esquivo hasta el momento: que el amor era más que el placer del sexo. A partir de esta relación, el anciano empieza una nueva vida rejuvenecido.

“Es un triunfo de la vida que la memoria de los viejos se pierda para las cosas que no son esenciales, pero que raras veces falle para las que de verdad  nos interesan”, escribe Gabo en la novela. Según la ficción este anciano fue perdiendo la memoria desde los 50 años. Primero, buscaba los anteojos por toda la casa cuando los traía puestos, luego desayunaba dos veces por olvido y terminó por no poder coincidir las caras con los nombres de sus conocidos.

A lo largo de sus obras, siempre asoman ancianos y locos con diferentes destinos. En su primera novela, La hojarasca, un viejo coronel Aureliano Buendía carga con la tarea de enterrar a un médico rechazado por todos, mientras su nieto contempla asombrado la muerte. En El coronel no tiene quien le escriba se muestra la decadencia de un viejo veterano de la Guerra de mil días que, tras acudir cada viernes durante quince años a la oficina de correos, no recibe la pensión que le corresponde. La única esperanza de su mujer para sobrevivir económicamente es un gallo de pelea que les dejó su hijo antes de morir. El coronel, obstinado, decide no vender el animal y esperar a que sea el tiempo necesario para que pelee, aun cuando no tenga qué comer por días.

En El otoño del patriarca, otro anciano es el protagonista. Se trata de un viejo dictador, Zacarías, que se convirtió en leyenda y gobernó el país durante cien años. Su soledad se describe en la forma en la que fue hallado su cadáver: abandonado en la casa presidencial picoteado por gallinazos y carcomido por animales parasitarios.

Florentino Ariza realiza su gran sueño de estar junto a Fermina Daza 53 años después de haberse enamorado de ella en El amor en los tiempos del cólera. Lo logra de viejo, luego de la muerte del esposo de Fermina, Juvenal Urbino de la Calle.

La locura tiene un papel protagónico en el cuento “Sólo vine a hablar por teléfono” del libro Doce cuentos peregrinos. Allí, una mujer que estaba en la búsqueda de un teléfono para comunicarse con su marido se ve enfrentada al encierro obligatorio en una casa de salud mental, en la que nadie le cree que solo buscaba un teléfono.

Algunos amigos cercanos a García Márquez han señalado que la quimioterapia a la que se sometió para curar un cáncer linfático ocasionó un deterioro irreversible de su memoria. El oncólogo peruano Elmer Huerta asegura que algunos estudios han encontrado riesgos de demencia en pacientes que recibieron este tratamiento. Para los escritores y periodistas culturales colombianos consultados para esta nota es un tabú hablar sobre la salud de García Márquez. No quieren caer en especulaciones en torno a la figura del Nobel de Literatura 1982, el hombre cuyo hombre puso a Colombia ante los ojos del mundo. Las pocas referencias que nos dan apuntan a la versión oficial de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), creada por el propio García Márquez, donde el silencio sobre el tema impera.

Jaime Abello Banfi, director de la FNPI y amigo de Gabo, negó a inicios de semana que se le haya diagnosticado demencia al escritor. A sus comentarios, su sumó Fernanda Familiar, periodista mexicana que colgó en su cuenta de Twitter una foto del almuerzo que tuvo con Gabo y el embajador colombiano en su país, José Gabriel Ortiz, el 7 de junio. Aseguró que no estaba enfermo y tan solo tiene achaques de su edad, como le consta, pues lo ve constantemente porque es padrino de uno de sus hijos.

Pero fue Antonio José Caballero, periodista colombiano de RCN, el que fue más lejos al revelar una anécdota reciente de su vida. En una breve crónica, da cuenta de una parranda con él incluido, primero en la casa del embajador José Gabriel Ortiz y luego en el hotel Marriot, el 1° de julio, el día de las elecciones en México. Eran aproximadamente diez personas, entre ellos Gabo y su inseparable esposa Mercedes Barcha. Allí, Gabo habló de cine, de amigos en Cartagena, de anécdotas recientes y de la política de México mientras bebía vino blanco durante el almuerzo. Para cerrar la aventura, cuatro músicos a las afueras del Marriot le cantaron “Las mañanitas” y “México lindo y querido”.

Todo parece indicar que, afortunadamente, la soledad, el otro tema reiterativo en sus novelas, no acompañará a Gabo en lo que le queda por vivir.

Publicación original en revista Domingo.

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