Los últimos días de El Averno

Un fallo judicial obliga a desalojar el concurrido rincón contracultural que funciona desde hace quince años en el jirón Quilca. La ‘movida’ artística que sus paredes acogían tendrá que encontrar un nuevo espacio. El local, que alguna vez fue visitado por artistas como Manu Chao o Cafe Tacuba, empieza a decir adiós.

 

Resistencia. Herbert Rodríguez (extremo izquierdo), Leyla Valencia (al centro), Jorge Acosta  (extremo derecho)y sus compañeros quieren mantener el Centro Cultural.

Los encuentro caminando de noche por el bulevar de la primera cuadra del jirón Quilca. Cargan unas bolsas plásticas en las que llevan productos comestibles que acaban de comprar. Visiblemente cansados, Leyla Valencia y Jorge “el negro” Acosta me abren la puerta del centro cultural El Averno para conversar. Son los administradores del local y están preocupados porque la última resolución del juicio de desalojo que enfrentan fue adversa. Han interpuesto una acción de amparo, pero eso solo les da una remota esperanza de no ser expulsados en unos veinte días.

Su anterior abogado les jugó mal: el juez del Primer Juzgado de Paz letrado de Lima le notificó del fallo en contra de sus defendidos el 9 de julio, pero recién les avisó el 16. Se habían vencido los tres días útiles para poder hacer la apelación y evitar el desalojo. Ellos creen que los dueños del inmueble “conversaron” con él para que no los defienda adecuadamente.

La acción de amparo en la que Leyla y Jorge ponen todas sus esperanzas se centra en las fallas en la forma del proceso. Aducen que no existió una conciliación previa a la demanda y que hay inconsistencias en el pedido de los dueños. Si el juzgado aceptara su apelación, el proceso podría volver a fojas cero. Pero esa posibilidad parece remota porque la cuestión de fondo sigue en pie: les piden que se vayan pues el contrato ya venció.

En los últimos años, las relaciones de los actuales ocupantes no han sido buenas ni con los propietarios del inmueble, la familia de la señora Mónica Puppo Saldaña, ni con la empresa administradora de sus bienes, Fincas Rímac. El Averno ocupa una porción de un terreno que alcanza los mil metros cuadrados y que estaría valorizado en un millón de dólares.

En agosto del 2006 se registraron los primeros pedidos a Jorge Acosta para que dejaran el local. Ellos se comprometieron a dejarlo en diciembre de ese año. Ya estaban cansados de todo el trabajo que tenían, que solo recaía sobre Leyla, Jorge y Herbert Rodríguez. Solamente querían terminar la programación de los meses que les quedaban. Anunciaron en algunos volantes el fin del centro cultural como una fiesta. Hasta ese momento, estaban al día en el pago de US$ 150 por arrendamiento.

Pero, según indican, los propietarios decidieron no esperarlos. El 6 de setiembre de ese año, una turba de delincuentes contratados forzó la puerta para ingresar, robaron equipos y dinero en efectivo, destrozaron el local y algunas obras de arte y le fracturaron la pierna a la única persona que vive allí, el bajista de un grupo punk conocido como “Chato Víctor”. Posteriormente ingresaron en dos ocasiones más. Leyla calcula que la pérdida aproximada fue de US$ 50 mil. Los procesos judiciales que iniciaron para encontrar a los responsables quedaron archivados.

A raíz de lo que experimentaron, decidieron quedarse en el sitio y no cerrar el centro cultural. Las muestras de respaldo fueron masivas. Desde entonces no volvieron a pagar alquiler –cerca de seis años– porque querían que se reparen los daños que ellos sufrieron. Eso generó que Fincas Rímac les solicite en el juicio de desalojo el pago de US$ 14.280 por la deuda acumulada de arrendamiento.

La fama de El Averno se ha constituido básicamente gracias a su vida nocturna y rockera. Casi todas las bandas más importantes de la ciudad han tocado allí: La Sarita, Manganzoides, Del Pueblo, Vaselina, El Polen o Turbopótamos. Músicos como Manu Chao, Café Tacuba y Aterciopelados también visitaron el lugar.
Pero no todo fue rock. Las paredes son fácilmente reconocibles por todos los pintores que dejaron su huella: el propio Herbert, así como Jorge Miyagui y Mario Torero, entre otros. Los viernes se organizaban veladas literarias, a las que concurrían poetas como Enrique Verástegui, Domingo de Ramos o Miguel Ildefonso. El próximo mes se iba a organizar un homenaje al grupo Kloaka.

Lo que más desalienta a Leyla y Jorge es que tocar puertas no les ha dado resultados. Inicialmente buscaron algunos locales desocupados de la Beneficencia para solicitarlos en alquiler a la Municipalidad de Lima pero no tuvieron éxito. Les indicaron que no tenían el registro de todos los inmuebles de su propiedad. Marisa Glave, regidora, se comprometió a darle seguimiento al pedido y hallar una solución con el área de cultura. Hasta ahora no tienen respuesta.

Leyla indica que no quieren un espacio gratis. Están dispuestos a pagar un “precio social” de hasta S/. 2 mil con tal de que su nuevo local tenga varios ambientes para que los artistas tengan comodidad y puedan trabajar en simultáneo. Mientras terminamos la conversación, el grupo de músicos Surimanta tiene que subir al destartalado segundo piso para poder ensayar. Abajo, jóvenes de Bellas Artes montan una muestra. Se están viviendo los últimos días de El Averno.

Publicación original.

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