Herida abierta

Martha Páez vive asilada en Suecia desde 1989. Todos los años vuelve al Perú para saber cómo va el proceso judicial por el asesinato de su hijo. Se llamaba Abel Malpartida y era estudiante de ingeniería industrial de la Universidad Católica. El 27 de julio de 1989 su cabeza apareció en un arenal de San Bartolo. Han pasado 23 años desde aquel hecho luctuoso que les cambió la vida a Martha y a su familia.
NO LO OLVIDA.  Todos los años, Martha Páez vuelve para ver el caso judicial de su hijo y dejar flores en la placa que tiene en la Universidad Católica.

Es viernes 28 de julio. El año, 1989. Temprano, Martha Páez espera por segundo día consecutivo la llegada de Abel. Le pide a Jaimito que vaya a comprar el periódico al quiosco de la esquina. El chico baja desde el departamento familiar, ubicado en el quinto piso de un edificio de la cuadra siete de la avenida Venezuela. Como demora en regresar, Martha y Jaime, su esposo, van a buscarlo. La familia Malpartida Páez se había mudado a Breña para que Jaime esté más cerca de su trabajo. Era jefe de personal en el diario El Peruano.

Al llegar al primer piso miraron a Jaimito, parado, sin reaccionar, mientras temblaba y observaba hacia el techo. En sus manos sostenía la edición de La República del viernes 28 de julio de 1989. En la contraportada había visto la cabeza de su hermano en un terreno baldío. Había sido arrancada de su cuerpo por una explosión. “¿Por qué tanta crueldad?”, preguntaba el titular que acompañaba la foto.

El jueves 27, Martha y Jaime buscaron a su hijo Abel en comisarías, hospitales, casas de amigos y familiares, pero no tuvieron noticias de él. La última vez que lo vieron fue el miércoles 26 a las 3 y 30 de la tarde. Abel le había prometido a su madre que la iba a recoger de su trabajo a las 9 y 30, después de terminar sus responsabilidades en la Universidad Católica. Pero esa noche hubo un apagón en el colegio en el que ella trabajaba. Todas las actividades fueron suspendidas. Martha decidió esperarlo, pero Abel nunca llegó. Preocupada, esa noche no durmió.  Esperaba que en algún momento el mayor de sus hijos atraviese el umbral de la puerta de su casa.

Durante la angustiosa búsqueda, una amiga le dijo que el único sitio en el que le faltaba indagar era la morgue. Ella se negaba a hacerlo. Años atrás ya había experimentado lo que era perder un hijo. Manuel, de 6 años, murió ahogado en la piscina de la Asociación Cristiana de Jóvenes del Perú (ACJ). Entonces no logró que sancionen a los responsables de haberlo dejado solo.

Finalmente se armó de valor y fue a la morgue, pero no la dejaron pasar. Pateó la puerta y entró a empujones. Una vez dentro vio cuerpos calcinados, apilados,  irreconocibles, sobre una mesa. Al bajar la mirada vio la cabeza de Abel en el suelo, desfigurada. Parecía de yeso. La alzó y comenzó a darle besos.

Horrorizada, maldijo a Alan García. Luego de eso, no sabe qué pasó. Solo recuerda estar de nuevo en su casa, inundada por amigos y periodistas. Ese fue el inicio del calvario que le tocó vivir en adelante.

Junto a su esposo y el único hijo que le queda, Martha regresa todos los años al Perú desde su asilo político en Suecia, para indagar por el proceso judicial en torno al asesinato de Abel. Al cabo de veintitrés años no ha logrado que los responsables de su muerte sean identificados. El caso se encuentra en el Ministerio Público, pero está entrampado. No se ha podido individualizar responsabilidades.

Algunos informantes le han dado pistas que alimentan sus esperanzas. Lo más difícil hasta ahora ha sido establecer de dónde salió la orden de la ejecución. La utilización del explosivo conocido como gelignita (o “C4”) para hacer estallar el cuerpo de Abel junto al de Luis Alberto Álvarez, otro estudiante de la PUCP, apunta hacia una sola dirección: los autores del crimen eran miembros de las fuerzas del orden. Solo ellos tenían acceso a este tipo de explosivo. Otro detalle robustece esta sospecha: el lugar en que hallaron la cabeza de Abel, en San Bartolo, está muy cerca de una escuela policial de mujeres.

Martha le pidió a su hermano José Páez Warton que colabore con ellos brindando información, pero se ha negado. Como militar en retiro, Páez Warton fue asesor del Ministerio de Defensa durante el fujimorismo.

Los trámites de Martha para lograr que el nombre de Abel figure en el Registro Único de Víctimas (RUV) han sido infructuosos. Cuando Martha pidió que lo consideren una víctima del proceso de violencia política, la comisión del RUV tuvo reparos. Le dijeron que no lo podían incluir, pero no le explicaron por qué. Lo que habría generado este reparo es la información que aparece en el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación: un testigo encubierto sindica a Abel como militante de la célula de Sendero Luminoso en la Universidad Católica. El testimonio da cuenta de reuniones y coordinaciones entre Abel Malpartida, Luis Alberto Álvarez y otros chicos de esa casa de estudios. Incluso señala que la detención de los estudiantes se produjo después de un enfrentamiento con un patrullero.

Martha niega la versión de que su hijo haya pertenecido a la organización terrorista. Muestra la orden fiscal con la que liberaron a su hijo de la detención que sufrió el 1° de mayo de 1989, en una marcha por el Día del Trabajo. Allí se lee que se le da libertad, tras quince días de investigación, pues no se le había detenido con propaganda subversiva ni se logró comprobar que perteneciera a Sendero Luminoso. La Policía revisó su habitación en la casa de su madre y tampoco encontró pruebas en su contra. Martha dice: “Si era militante de Sendero que me lo prueben. Y si lo hubiese sido quizás merecía hasta pena de muerte, pero esto fue una ejecución extrajudicial. Acá no hay justicia”.

Abel nació el mismo año que su primo Ernesto Castillo Páez y murió un año antes. No solo los unió la amistad de niños y los años en la Universidad Católica, sino también el trágico final. Cuando la madre de Ernesto, doña Rosa, le contó  por teléfono que su hijo estaba desaparecido, Martha le dijo que no, que lo habían asesinado. Ella había tenido un sueño premonitorio y se lo contó. Lloraron juntas por teléfono durante mucho rato.

A Martha le ha costado mucho recuperarse de lo sucedido. Dos días después de enterrar a Abel en el cementerio El Ángel, empezó el hostigamiento en contra de su familia. Llamadas amenazantes, seguimiento a su esposo e hijo y vigilancia policial. Yehude Simon, en ese entonces diputado por Izquierda Unida, le recomendó que se cuide y salga del país porque los paramilitares no bromeaban cuando lanzaban amenazas.

A fines de octubre de 1989, Martha viajó a Suecia para hacer la denuncia ante la Cruz Roja. Su caso les pareció tan espantoso a sus autoridades que le dieron la residencia y el asilo político en diez días. Su esposo e hijo tuvieron que esperar hasta abril de 1990, pues la embajada tardó en el trámite de sus visados.

Llegó a Estocolmo en otoño. Le aterraban los árboles pelados con las ramas apuntando hacia el cielo porque le parecían calaveras. Durante el viaje en avión lloraba y se lamentaba de haber dejado sin resolver el caso de Abel y de haber abandonado a Jaimito, que en esos momentos se encontraba tan afectado. Un peruano de apellido Zavaleta la esperaba en el aeropuerto con un ramo de flores para llevarla a su casa y alojarla por un tiempo. Eran apenas las tres de la tarde pero en Estocolmo el cielo ya se había oscurecido.
Sufrió de depresión y llegó a pesar 39 kg en sus primeros meses en Suecia. La familia completa pasó dos años en tratamiento psiquiátrico. Jaimito tenía 16 cuando murió Abel, su hermano mayor. Por el trauma, regresionó a una edad mental de 5 años. Se echaba en el regazo de Martha y le pedía que le sobe la cabeza. Como si se tratara de un niño, sus padres tenían que bañarlo.

Jaimito abre la puerta de la casa de su tío, en La Molina. Aquí se alojan cada vez que llegan a Lima. Ahora ya tiene 38 años. Viste camisa y pantalón de vestir porque van a ir al cumpleaños de su prima. Es formal y de pocas palabras. Trabaja medio tiempo con computadoras. Les teme a la Policía y a los manifestantes.
No se ha podido recuperar por completo de la muerte de su hermano. Tiene acompañamiento psiquiátrico y toma pastillas. Por estas fechas se angustia pensando en dejar flores en la tumba de su hermano.

Martha espera jubilarse el próximo año. Es profesora de historia en un colegio estatal de Suecia. Quiere convencer a su esposo de retornar al Perú. Los años de sufrimiento han debilitado su salud: sufre de la laringe y no escucha bien por el oído izquierdo. Teme morir en Suecia y que su Jaimito se quede solo, sin una familia que lo pueda apoyar. Pero Abel también cuenta. Instalada otra vez aquí podrá seguir exigiendo que se identifique y sancione a los asesinos de su hijo.

Publicación original.

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